Y Tú, ¿eres un pinocho?

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Todos mentimos. En ocasiones, sin querer, pero otras veces otras con toda intención. Desde la clásica “voy en camino” hasta las más complejas ficciones que sostienen relaciones, empleos o incluso gobiernos.

La mentira es tan humana como el lenguaje, y aunque solemos condenarla, también la necesitamos. Pero ¿por qué mentimos? ¿Qué tan lejos estamos de dejar de hacerlo?

La mentira es un recurso que surgió en la naturaleza mucho antes que la humanidad. Por ejemplo, para sobrevivir algunos animales utilizan el camuflaje como una forma de engañar a sus depredadores.

Con los humanos, la mentira ya no es sólo para defenderse, sino para sacar ventaja de los demás o incluso lograr objetivos personales, la mentira es cualquier cosa que hagamos para que otras personas consideren como verdad.

Defensivas: Cuando se utiliza cómo una defensa. Por ejemplo, los animales utilizan el camuflaje para sobrevivir. En nuestro caso, la usamos para que no nos ocurra algo malo.

Agresivas: Es cuando una persona miente para sacar provecho de los demás.

Blancas: Busca evitar un daño emocional al otro. Por ejemplo, cuando una persona está muy enferma y no se le dice la verdad sobre su condición, decir lo que se piensa sobre una persona porque puede dañar su autoestima.

Automentiras: Son las que nos decimos a nosotros mismos para proteger nuestra imagen o autoestima. Pueden ser inofensivas y no dañar a nadie.

Malintencionadas: Hay numerosas razones para este tipo de mentiras, por ejemplo, obtener beneficios económicos; otro caso son los gobiernos que mienten para tener el favor del pueblo; en la guerra, los estrategas son capaces de engañar al enemigo, en este caso las mentiras son terribles porque cuestan vidas.

Todas las mentiras tienen un común denominador: favorecer las motivaciones personales con el fin de obtener beneficios.

Los niños comienzan a mentir entre los tres y cuatro años. Un ejemplo clásico: niegan haber roto algo, aunque estén rodeados de evidencias. A esta edad, ya han aprendido que mentir puede evitarles un regaño.

Además, mentir no se limita al lenguaje: también se puede mentir con el cuerpo o con acciones. Los buenos mentirosos aprenden a identificar las señales de engaño en otros, porque dominan muy bien sus propias estrategias.

Por ejemplo, cuando una mujer acude al médico y se descubre una enfermedad de transmisión sexual, para proteger la relación de pareja no se le informa al esposo el origen de la enfermedad. Inclusive ya se maneja que no se pueden comunicar a otra persona los resultados de los exámenes de un paciente.

En el caso de las enfermedades terminales, hay una gran discusión de si se le debe informar al paciente lo que le pasa o no. En Estados Unidos, la posición es siempre decirle a la persona qué le pasa para que deje todos sus asuntos arreglados.

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