El arte indocristiano en México representa una de las manifestaciones culturales más significativas del periodo colonial. Surgido en el siglo XVI, del encuentro entre las tradiciones artísticas indígenas y la iconografía cristiana introducida por los misioneros europeos, fue vehículo de evangelización y, al mismo tiempo, herramienta de resistencia simbólica y reinterpretación cultural. Su importancia radica en que muestra cómo las comunidades originarias no sólo adoptaron una nueva fe, sino que la resignificaron y transformaron en un lenguaje visual propio, cargado de identidad y memoria.
“El arte indocristiano surgió en el siglo XVI como resultado del encuentro entre las tradiciones estéticas indígenas y la cosmovisión cristiana impuesta durante la colonización. El resultado fue un arte híbrido, profundamente simbólico, que conserva rastros visibles del pensamiento y la sensibilidad indígena”, señalan investigadores.
Entre sus ejemplos están las cruces azules en baptisterios o la representación del cabello y los asientos en colores que conservan significados indígenas.
El arte indocristiano fue producido mayoritariamente por artistas indígenas, quienes integraron símbolos, técnicas y valores de sus culturas en obras cristianas, creando un lenguaje híbrido cargado de significados.
Uno de los escenarios fundamentales para su desarrollo fueron los conventos novohispanos. Estos recintos, además de centros de evangelización, se convirtieron en núcleos de producción artística. Su arquitectura incluía atrios, cruces atriales, capillas posas, capillas abiertas y templos decorados con murales.
Las órdenes mendicantes —franciscanos, dominicos y agustinos— desempeñaron un papel crucial en la expansión de este arte. Cada una trabajó en regiones distintas: franciscanos en el centro, occidente y Yucatán; dominicos en Oaxaca y Chiapas; y agustinos en Hidalgo, Veracruz y Michoacán.
En una pila bautismal en Tlalnepantla hallaron símbolos que fusionan la concepción cristiana del bautismo con la visión indígena del agua como elemento vital y sagrado. Asimismo, han analizado mapas coloniales que muestran dos visiones distintas del mismo territorio: la burocrática europea de 1580 y la indígena de 1588, simbólica, detallada y comunitaria.
La pintura mural indocristiana es quizá el escenario más rico y diverso de esta fusión. Investigaciones recientes, con métodos como la estratigrafía.