Posponer tareas y proyectos o pensar que “todavía hay tiempo” pueden parecer acciones inofensivas, pero detrás de ellas se esconde un fenómeno más complejo: la procrastinación. Esta práctica implica aplazar una actividad importante sustituyéndola por otra menos relevante o más placentera, lo que genera una sensación de alivio momentáneo, pero con consecuencias negativas a largo plazo.
En el ámbito universitario, la procrastinar puede generar un bajo rendimiento académico, pues incrementa el estrés, la ansiedad, la culpa y los sentimientos de poca autoeficacia”. A largo plazo, estos efectos incluso podrían derivar en la deserción escolar.
Los expertos señalan que los pensamientos más comunes de quienes procrastinan se encuentran frases como “después lo hago”, “todavía tengo tiempo” o “primero hago otra cosa”. Estas ideas suelen venir acompañadas de conductas como el deseo urgente de realizar actividades secundarias que sólo postergan lo importante.
Si bien a corto plazo se puede experimentar una sensación de alivio –al disminuir momentáneamente la ansiedad o el estrés–, la especialista advirtió que ese efecto, no es positivo, porque únicamente retrasa el malestar y refuerza el ciclo de postergación.
La procrastinación, se relaciona con la falta de regulación emocional y, en algunos casos, con síntomas de ansiedad o depresión. Muchas veces aplazamos tareas, proyectos o trabajos finales, para no experimentar el malestar que nos genera hacerlas. Por esto preferimos realizar otra actividad que nos dé un placer inmediato, como ver redes sociales o una serie.
Además, es importante distinguir este comportamiento del simple descanso. La diferencia entre descansar y procrastinar radica, dijo, en el objetivo y en la sensación posterior: Cuando descansamos, hacemos una pausa activa y al finalizar nos sentimos más relajados y menos estresados; en cambio, al procrastinar seguimos pensando que deberíamos estar haciendo la tarea pendiente, por lo que realmente no disfrutamos la actividad sustitutiva.
Los especialistas recomiendan métodos prácticos para organizar las tareas y aprovechar mejor el tiempo, como la matriz de Eisenhower, que ayuda a diferenciar lo urgente de lo importante y lo no tan relevante, para saber con qué actividades debes iniciar y evitar una saturación mental por no saber decidir.
Para dicho ejercicio puedes tomar una hoja y hacer divisiones con una pluma o lápiz de modo que quede dividida en cuatro cuadrantes. En el primero, debes escribir todas las tareas que son urgentes; en el segundo, las que son importantes, pero no urgentes; en el tercero, aquellas que son urgentes pero no importantes: y en el cuarto, las que no son urgentes ni importantes.
Otra herramienta es el método Pomodoro, que divide el trabajo en bloques de 25 minutos con pausas cortas de cinco minutos entre ellos, esto ayuda a gestionar el tiempo y a planificar.
Primero, define la tarea que debes hacer; segundo paso, usa un temporizador y ajústalo a 25 minutos; en el tercer paso, debes concentrarte en hacer la tarea durante ese tiempo; al final, descansa cinco minutos y vuelve a empezar ya sea para continuar con la actividad que estabas haciendo o iniciar con una nueva.
Sostienen qué, aunque la procrastinación puede afectar diversas áreas de la vida académica y emocional, también es un hábito que se puede modificar cuando se aborda de forma consciente.
Si alguna alumna o alumno se siente con apatía o pereza de realizar sus deberes, tiene que pedir ayuda para identificar si está pasando por un fenómeno de procrastinación y entender que se puede superar. Cuando sean guiados, lograrán tener un mejor ánimo y desempeño académico. Es importante que no se rindan, porque siempre hay la posibilidad de transformar aquello que hoy pesa y convertirlo en una oportunidad para crecer.