En un ecosistema digital donde las identidades se exploran, se nombran y se negocian en comunidad, el fenómeno therian ha emergido como un tema que despierta curiosidad, inquietud y, en ocasiones, juicios precipitados. ¿Se trata de una moda de redes sociales?, ¿de una expresión espiritual contemporánea?, ¿o de un trastorno mental no reconocido?
Desde la Facultad de Medicina de la UNAM, el Dr. Diego Coronel Manzo, académico del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental, propone una aproximación más rigurosa: comprender el fenómeno desde un modelo biopsicosocial y distinguir con claridad entre identidad y psicopatología.
La teriantropía, en su expresión contemporánea, describe la vivencia de personas que se identifican, en distintos grados, como un animal no humano, pese a reconocer que poseen un cuerpo humano. No se trata necesariamente de un juego de rol ni de una práctica performativa pública. En la mayoría de los casos es una experiencia subjetiva que se articula, sobre todo, en comunidades digitales.
Coronel explicó que el fenómeno implica que una persona se identifique integralmente, y en diversos grados, como un animal no humano. Sin embargo, subrayó que esta vivencia puede expresarse de maneras muy distintas y que no toda identificación implica patología.
Uno de los puntos más relevantes abordados fue la clasificación diagnóstica. “Actualmente no está clasificado como un diagnóstico del DSM 5 TR”, señaló el especialista, al responder preguntas de la audiencia. El DSM 5 TR, siglas en inglés de Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su versión revisada, es el principal referente internacional utilizado por psiquiatras y psicólogos clínicos para clasificar los trastornos mentales. Aunque el manual incluye trastornos psicóticos y otras categorías clínicas, no contempla la identidad therian como entidad diagnóstica independiente.
La distinción es crucial. Existen cuadros psiquiátricos en los que pueden aparecer ideas delirantes con contenido de transformación animal. No obstante, se trata de situaciones clínicas específicas que requieren evaluación integral y no deben confundirse con identidades no clínicas.
El académico insistió en la necesidad de diferenciar una identidad no clínica de un cuadro delirante. El criterio fundamental es el juicio de realidad. Si la persona reconoce que su cuerpo es humano, mantiene su funcionamiento social y no presenta deterioro significativo, no estamos ante un trastorno.
La literatura disponible sugiere que el fenómeno puede entenderse como un espectro. En un extremo se encuentran personas con insight conservado, es decir, que mantienen conciencia de la realidad y reconocen que su cuerpo es humano y que su identificación no implica una transformación física real, además de conservar un funcionamiento social y académico intacto. En el otro, se describen casos clínicos raros de zoantropía con pérdida del juicio de realidad y deterioro funcional claro.
En estos últimos pueden identificarse trastornos subyacentes como psicosis, depresión psicótica o trastorno bipolar. “Si hay pérdida del insight, deterioro funcional o riesgo, entonces ya estamos hablando de un cuadro que requiere evaluación psiquiátrica”, explicó el Dr. Coronel.
El tratamiento, en tales circunstancias, no se dirige a modificar una identidad, sino a estabilizar el trastorno psiquiátrico de base y recuperar el funcionamiento del paciente.
Desde la psicología del desarrollo, la identidad se construye como una narrativa a lo largo de la vida. En estudios cualitativos se ha descrito que algunas personas que se identifican como therians relatan una sensación temprana de no pertenencia, seguida de una búsqueda de significado en la adolescencia y del encuentro con comunidades en línea que ofrecen lenguaje y validación.
“En la práctica, gran parte de la comunidad teriantrópica se articula en línea”, señaló el especialista. Internet no necesariamente crea la vivencia, pero facilita su articulación colectiva y la consolidación de una identidad compartida.
Desde la psicología social, el sentido de pertenencia cumple una función reguladora. En algunos casos, la identidad puede operar como mecanismo de afrontamiento frente a ansiedad o aislamiento. Esto no implica que la identidad sea un trastorno, sino que su significado depende del contexto y del impacto en la vida cotidiana