Como Alicia en el País de las Maravillas, que avanza por un sendero que se borra detrás de ella, así se sienten a veces los biólogos evolutivos. Con datos, mapas y árboles filogenéticos, reconstruyen las historias de las especies, su distribución en el tiempo y el espacio.
Todo parece avanzar… hasta que irrumpe la extinción. Ese “perro escoba” borra las huellas del pasado. Según diversos estudios paleontológicos, más del 99 % de las especies que han vivido en la Tierra ya no existen. ¿Qué historias se pueden contar en ese vacío? ¿Qué sentido tiene narrar la evolución cuando la pérdida es la constante?
Alfred Russel Wallace, padre de la biogeografía, observó que las especies no se distribuyen uniformemente: cada región alberga seres vivos únicos. Darwin, por su parte, consideró la distribución geográfica un pilar de la teoría evolutiva.
Desde esta perspectiva, los biólogos siguen preguntándose qué papel juega la desaparición para explicar la diversidad. Y la respuesta es demoledora: la evolución está atravesada por ausencias.
Hace 200 millones de años, todos los continentes formaban Pangea. Su fragmentación dejó marcas indelebles en la distribución actual de la vida.
También los helechos arborescentes —testigos de más de 200 millones de años— sobrevivieron a extinciones masivas, dinosaurios y climas extremos. En sus vasos vasculares aún visibles se leen páginas de una historia que apenas podemos entrever.
La extinción borra especies… y también sus relaciones con el entorno, sus formas de crecer. Por eso, uno de los supuestos clave de la biología evolutiva es que los datos actuales son insuficientes.
Algunos grupos biológicos, como las cactáceas, ni siquiera tienen fósiles. ¿Cómo contar su historia? “¿Nos conformamos con lo que sabemos, aunque sepamos que está incompleto?”, preguntó el investigador.
Lo que sí sabemos es que las especies vivas hoy son las vencedoras. Cada una es una superviviente de millones de años de catástrofes y selección natural.
Y mientras el pasado es incierto, el futuro se torna más sombrío. Vivimos en lo que muchos llaman la sexta extinción masiva. En los últimos 500 años han desaparecido mil especies de plantas. Algunas solo sobreviven en jardines botánicos. Otras, únicas en su género, se extinguieron sin dejar huella.