Dar pecho, defensa natural frente al cáncer de mama

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Desde la década de 1950, los investigadores comenzaron a observar diferencias en la incidencia de cáncer de mama entre mujeres que habían tenido hijos y aquellas que no. Inicialmente, el foco se centró en el número de embarazos como posible factor. Las investigaciones demostraron que existía una relación: a largo plazo, el riesgo de cáncer de mama tiende a disminuir con el número de embarazos a término, debido a que la gestación induce cambios permanentes en el tejido mamario que reducen su susceptibilidad a transformaciones malignas.

No obstante, la ciencia siempre se alimenta de nuevas preguntas. Para la década de 1970 surgió la hipótesis de que otra variable independiente podría ejercer un efecto protector: la lactancia. A partir de entonces se publicaron diversos estudios, hasta que en la década de 1990 se consolidó la evidencia de que la lactancia materna sí tiene un efecto protector frente al cáncer de mama, aunque dicho efecto no elimina por completo el riesgo.

A pesar de ese hallazgo, las investigaciones continuaron enfocándose en identificar los mecanismos biológicos e inmunológicos detrás de esta protección. Tras varios años de trabajo, un equipo internacional de científicos cree haber encontrado una explicación sólida.

En un estudio titulado “Parity and lactation induce T cell–mediated breast cancer protection”, investigadores de Australia, Malasia, Bélgica, Nueva Zelanda y Reino Unido identificaron un aumento significativo de linfocitos T CD8⁺ —también llamados linfocitos T citotóxicos— en el tejido mamario de mujeres que han estado embarazadas y han lactado. Estas células forman parte del sistema inmunológico adaptativo y tienen la capacidad de eliminar células anormales o malignas.

Dentro de este grupo celular existen dos grandes subpoblaciones: los linfocitos T cooperadores (CD4⁺), encargados de coordinar la respuesta inmunitaria, y los linfocitos T CD8⁺, cuya función principal es destruir directamente células infectadas, dañadas o cancerosas.

Durante el embarazo y la lactancia, el cuerpo femenino experimenta profundas transformaciones fisiológicas e inmunológicas. Tras el periodo de lactancia ocurre la involución mamaria, una etapa de remodelación del tejido que favorece la llegada y permanencia de linfocitos T CD8⁺ de memoria residentes. De acuerdo con el estudio, estas células pueden persistir durante décadas —en algunos casos más de 30 años— como parte del sistema de vigilancia inmunológica local.

Actualmente existe la terapia celular adoptiva, una estrategia que fortalece el sistema inmunitario mediante la transferencia de células previamente entrenadas para combatir enfermedades como ciertos cánceres hematológicos. Aunque esta forma de terapia todavía no está aprobada para el cáncer de mama, los nuevos hallazgos podrían permitir enfoques más específicos en el futuro.

“Eventualmente, podrían aprovecharse estas células o su mecanismo de acción para diseñar tratamientos que imiten la protección natural inducida por el embarazo y la lactancia, ofreciendo alternativas terapéuticas innovadoras”.

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