Especialistas señalan que el futbol, al igual que la mayoría de los deportes, conecta con un cúmulo de emociones que son liberadas a lo largo de los 90 minutos del juego. Podemos pasar de la felicidad a la tristeza, de la angustia a la esperanza, de la agonía a la ilusión. Un contraste de sentimientos por un simple juego.
Sin embargo, ¿qué ocurre en nuestro cerebro al ver un partido de futbol? ¿Por qué la derrota nos cuesta tanto procesarla y la felicidad por la victoria es efímera? ¿Cómo podemos manejar las emociones a lo largo del juego para que éstas no se desborden con tintes violentos como a veces suele ocurrir en los estadios o como últimamente ha ocurrido cuando los fanáticos atacan lo primero que tienen a la vista (que usualmente es la TV)?
“Los humanos tenemos un circuito de recompensa y éste se va a alimentar por cosas que son placenteras o que nos hacen sentir bien o que queremos seguir experimentando. En el caso del futbol, este circuito se nutre cuando nuestro equipo gana. Sin embargo, cuando nos marcan un penal, una expulsión o perdemos, éste decae. Tenemos diversas emociones mezcladas en el juego y a la vez secretamos sustancias químicas que nos producen placer como las endorfinas”, señalan los especialistas
También indican que cualquier evento deportivo es un “desfogue” de emociones y que el cerebro se “desconecta” para permitir que éstas florezcan. Esta desconexión provoca que aflore lo que se llama ‘cerebro primitivo’, donde “ya no se piensa con la corteza prefrontal, encargada del proceso de razonamiento y toma de decisiones, sino con la amígdala, que es una estructura en nuestro cerebro que solo funciona por medio de emociones”.
Así como el futbol nos puede generar sentimientos positivos, también provoca sensaciones negativas, las cuales han sido exhibidas en más de una ocasión como la que se presentó el 5 de marzo de 2022 cuando se enfrentaron aficionados de Querétaro y Atlas.
Si bien las emociones negativas no desencadenan actitudes violentas, sí pueden dar pie a que afloren, ya que se pierde la razón, y afloran sentimientos de impotencia y de tristeza, pero también la ira, esta combinación puede desembocar en agresiones a otras personas u objetos.
Cuando permitimos que los sentimientos negativos nos dominen, decimos que la emoción se transformó en una conducta. Pero siempre hay un freno que pone el lóbulo frontal. Sin embargo, a veces puede pasar a mayores y surge esa violencia que expresa una falta total de control de nuestras emociones. Aquí ya estaríamos hablando de un escenario patológico, porque violentar a otro no.