Cuando la banda se hace vieja…pandillas y su declive en el Valle de México  

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Durante décadas, las pandillas en México florecieron en barrios pobres y colonias marginadas, eran perfectamente identificables en Nezahualcóyotl, Iztapalapa, la Bandojito, Tepito entre otras colonias populares, tenían sus códigos de conducta y actuaban en “pandilla” ante cualquier invasión de un enemigo, sus vestimentas y lenguaje eran su espacio de expresión y la violencia su forma de comunicarse.

Un estudio llevado a cabo por el Colegio de México denominado “Declive de las pandillas de cholos en el Valle de México (ZMVM)”, señala que esta expresión cultural ha ido desapareciendo o en algunos casos mutando a otras expresiones, muchos de ellos ya se definen como cholos, o integrantes de algún cartel de la delincuencia organizada.

El trabajo periodístico señala que, en las últimas décadas, la presencia de las pandillas pareció declinar visiblemente en los espacios públicos de la zona metropolitana del Valle de México y dejaron de representar un problema relevante de seguridad pública. Al respecto, en 2002 los periódicos de circulación nacional reportaron únicamente 351 pandillas activas en la Ciudad de México, concentradas principalmente en la alcaldía Iztapalapa.

El colegio de México refiere que las pandillas mexicanas son parte de la cultura cholo, palabra con diversos significados que, en Latinoamérica, se usa para referirse a “personas atrapadas entre dos culturas”.

Las pandillas de cholos aparecieron en Estados Unidos, conformadas por jóvenes migrantes mexicanos como mecanismo de resistencia cultural y fueron introducidas en México por emigrantes que retornaban al país. Tienen un antecedente en el movimiento pachuco, surgido tras la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848), que buscó visibilizar la condición de las juventudes chicanas frente al racismo y la exclusión social mediante una estética de inconformidad y resistencia.

Es así que con el paso del tiempo los cholos  retomaron  esa  herencia  desde  los  años  sesenta  y  se  apropiaron  de  barrios, tatuaron sus cuerpos e hicieron de la ropa ancha, los paliacates y las “ranflas” signos  de  adscripción  identitaria  y  de  sacralización  del  territorio. 

Aunque no hay una cifra oficial exacta sobre cuántas pandillas juveniles había en esa época, principalmente porque las autoridades no llevaban un registro sistemático y muchas de estas agrupaciones eran informales y efímeras, el diagnóstico Juventud popular y bandas en la Ciudad de México, realizado a finales de los años ochenta por Castillo et al. (1989), reveló que en el entonces Distrito Federal (hoy Ciudad de México) había 1 500 pandillas y 2 300 en el Estado de México.

Se identificó que el reclutamiento que las pandillas llevan a cabo puede ser tanto pasivo, aguardando la llegada de jóvenes atraídos por su estilo de vida, como activo, buscando la incorporación de determinados individuos. De alguna manera,  no  son  solo  las  personas  quienes deciden  unirse  a  una  pandilla,  también  esta debe decidir si admite al candidato.

Foto retomada de El Sol de México  

Del análisis se desprende que las pandillas generan  en  sus  miembros  una  fuerte  identidad  y,  a  menudo,  la  expectativa de una permanencia sin fin. Muchas prohíben a sus integrantes dejar la pandilla y establecen serias amenazas a quien lo intente. Sin embargo, siempre suele haber  algún mecanismo  a  través  del  cual  es  posible  abandonarla.

Uno de los motivos de la desaparición de las pandillas lo significa la presencia del crimen organizado, definido con los términos émicos de “mafia” o “maña”, que habrían desplazado a las pandillas y  cooptado  a  parte  de  sus  miembros.  A  diferencia  de  lo  sucedido en lugares como Ciudad Juárez, donde pandillas enteras fueron reclutadas por carteles, en la Ciudad de México algunos pandilleros decidieron unirse, pero otros continuaron en sus trabajos. En el área de Nezahualcóyotl, la Familia Michoacana comenzó a incorporar a pandilleros que profesionalizaron así sus actividades criminales:

Pero el escenario cambió radicalmente a finales de la década de 1990 y comienzos del siglo XXI. Hay un acuerdo casi total entre los policías en el sentido de que las pandillas de cholos son ahora un fenómeno residual. Y no se trata solo de una disminución drástica del número, sino de que las pandillas de cholos hoy están envejecidas y  no  se  involucran  en  hechos  violentos,  pues  se  concentran  en  aspectos  culturales y estéticos:

Cuando se pregunta a los policías qué otras pandillas hay, las respuestas más comu-nes son los reguetoneros y otros grupos que andan en motonetas. Generan algunos problemas de  inseguridad  y violencia,  pero  nada  comparado  con  las  pandillas  de  cholos de hace 25 años.

 Un entrevistado señala la pérdida del aspecto territorial de estos grupos como algo que pudo haber contribuido a la disminución de la violencia, en la medida en que ya no hay una disputa clara por el territorio.

En resumen se presume que la decadencia de las pandillas podría deberse a un aumento de las salidas de sus miembros, a dificultades para reclutar nuevos integrantes o a la disolución de las pandillas. Hay literatura internacional relevante sobre entradas y salidas de pandillas, pero no se observa ningún factor destacado que explique por sí solo el caso mexicano. Tal vez porque la literatura aborda sobre todo factores asociados a entradas y salidas individuales de pandilleros, mientras que en el caso mexicano se constata la disolución de muchos de esos grupos.

foto tomada de: Tejiendo redes infancia

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