Miedo, pelear, huir o hacerte el muerto

Vistas: 19

La leyenda de la Llorona es muy popular en México, pero historias de seres sobrenaturales las hay en todo el mundo. Se habla de vampiros, fantasmas y hombres lobo casi en cualquier lugar. Otros monstruos, en cambio, aparecen sólo en ciertas regiones y suelen estar relacionados con los animales locales: en Grecia, se cuentan historias de hombres jabalí, en India, de hombres tigre y en África, de hombres pantera.

Estas criaturas, tan fantásticas como aterradoras, se han registrado por siglos en catálogos llamados bestiarios. El más antiguo del que se tiene registro es el Physiologus, una obra griega anónima escrita entre los siglos II y IV de nuestra era. Más recientemente tenemos El libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges, que reúne seres que han aterrorizado a la humanidad por siglos, así como otros más modernos. Nuestra fascinación por lo sobrenatural y el horror no se limita a estos catálogos: también está en la literatura, el cine y los videojuegos.

Antes de tratar de explicar nuestra fascinación por lo aterrador pensemos si el miedo es una emoción exclusiva del ser humano o si otros animales también lo sienten. El filósofo estadunidense Thomas Nagel abordó un problema similar en su ensayo “¿Qué se siente ser un murciélago?”, en el que plantea que no podemos saberlo a menos que seamos un murciélago.

Podemos imaginar que volamos en la oscuridad polinizando flores, que utilizamos la ecolocalización para ubicarnos en el entorno, que comemos frutas o insectos y que descansamos colgados de cabeza. Esto nos daría una idea de cómo sería para nosotros comportarnos como un murciélago, aunque no sabríamos qué siente un murciélago de ser un murciélago.

El miedo se define como las respuestas ante una amenaza real o percibida. Estas respuestas son comportamientos innatos coordinados principalmente por una zona del cerebro llamada amígdala, que procesa las reacciones emocionales. Existen seis respuestas distintas que suelen sucederse en orden, llamadas cascada de defensa. Para entenderlas mejor imaginémonos que nos adentramos en una selva, sin compañía y sin kit de supervivencia. De pronto oímos un ruido extraño.

Nuestra primera respuesta es un estado de alerta y excitación. La amígdala recibe información sobre una amenaza y avisa al hipotálamo –una región del cerebro que regula muchas funciones vitales–, el cual prepara al cuerpo para la acción alertando al sistema nervioso simpático, una parte del sistema nervioso autónomo que activa el cuerpo para reaccionar.

Necesitaremos oxígeno y energía, por lo que la respiración se acelera y el corazón late más rápido; aunque estos procesos normalmente son regulados por el sistema parasimpático (otra parte del sistema nervioso autónomo) a través del nervio vago, que en este caso cede el control. La sangre debe llegar a donde más se necesita, como los músculos, por lo que aumenta el tono muscular. Las glándulas salivales quizás no sean tan necesarias en este instante, así que pasan a un segundo plano y se nos seca la boca.

Una vez que el cuerpo está preparado para actuar, la amígdala activa la sustancia gris periacueductal lateral, una región de la base del cerebro que se encarga de atenuar la percepción del dolor y coordinar las respuestas de los músculos de la faringe y las extremidades: es decir, si gruñimos o gritamos del susto, si le entramos a los guamazos o si salimos corriendo. Se trata de la clásica respuesta de pelear o huir.

O también podríamos quedarnos congelados, una tercera respuesta conocida como inmovilidad atenta. En esos casos, la amígdala activa la sustancia gris periacueductal ventrolateral (la contraparte de la estructura del párrafo anterior), que cancela el movimiento. Desde un enfoque evolutivo, esto disminuye las probabilidades de que seamos vistos por un depredador cuyo cerebro se especialice en detectar objetos en movimiento y nos permite ganar tiempo para saber qué hacer.

Si todo falla y la amenaza es inevitable, quizá sea mejor hacerse el muerto. En esta situación, la misma estructura cerebral encargada de cancelar el movimiento se activa hasta un punto crítico que provoca una respuesta llamada inmovilidad tónica. El cuerpo se pone rígido y con suerte el depredador pensará que somos un cadáver rancio y se marchará en busca de comida fresca. Si nos va mal nuestro consuelo es que la percepción del dolor seguirá bloqueada, aunque tal vez aún sigamos conscientes.

Happy
Happy
0
Sad
Sad
0
Excited
Excited
0
Sleepy
Sleepy
0
Angry
Angry
0
Surprise
Surprise
0