La fascinación por lo sobrenatural y el horror, ¿es normal?

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La leyenda de la Llorona es muy popular en México, pero historias de seres sobrenaturales las hay en todo el mundo. Se habla de vampiros, fantasmas y hombres lobo casi en cualquier lugar. Otros monstruos, en cambio, aparecen sólo en ciertas regiones y suelen estar relacionados con los animales locales: en Grecia se cuentan historias de hombres jabalí, en India de hombres tigre y en África de hombres pantera.

Estas criaturas, tan fantásticas como aterradoras, se han registrado por siglos en catálogos llamados bestiarios. El más antiguo del que se tiene registro es el Physiologus, una obra griega anónima escrita entre los siglos II y IV de nuestra era. Más recientemente tenemos El libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges, que reúne seres que han aterrorizado a la humanidad por siglos, así como otros más modernos. Nuestra fascinación por lo sobrenatural y el horror no se limita a estos catálogos: también está en la literatura, el cine y los videojuegos.

Nuestra primera respuesta es un estado de alerta y excitación. La amígdala recibe información sobre una amenaza y avisa al hipotálamo —una región del cerebro que regula muchas funciones vitales—, el cual prepara al cuerpo para la acción alertando al sistema nervioso simpático, una parte del sistema nervioso autónomo que activa el cuerpo para reaccionar.

Una vez que el cuerpo está preparado para actuar, la amígdala activa la sustancia gris periacueductal lateral, una región de la base del cerebro que se encarga de atenuar la percepción del dolor y coordinar las respuestas de los músculos de la faringe y las extremidades: es decir, si gruñimos o gritamos del susto, si le entramos a los guamazos o si salimos corriendo. Se trata de la clásica respuesta de pelear o huir.

O también podríamos quedarnos congelados, una tercera respuesta conocida como inmovilidad atenta. En esos casos la amígdala activa la sustancia gris periacueductal ventrolateral (la contraparte de la estructura del párrafo anterior), que cancela el movimiento.

Si todo falla y la amenaza es inevitable, quizá sea mejor hacerse el muerto. En esta situación, la misma estructura cerebral encargada de cancelar el movimiento se activa hasta un punto crítico que provoca una respuesta llamada inmovilidad tónica. El cuerpo se pone rígido y con suerte el depredador pensará que somos un cadáver rancio y se marchará en busca de comida fresca

Si de chiripa sobrevivimos, la sexta y última respuesta es la inmovilidad quiescente, también mediada por la sustancia gris periacueductal ventrolateral. Es una reacción al dolor y las lesiones que promueve la recuperación una vez que estamos a salvo.

Cada respuesta de la cascada de defensa tiene un patrón neuronal distintivo, pero comienza con instrucciones de la amígdala al hipotálamo y a la sustancia gris periacueductal y se extiende por el resto del cuerpo gracias a núcleos de neuronas que activan o inhiben los sistemas simpático y parasimpático.

Además, las respuestas dependen de la especie y varían según el contexto y el nivel de riesgo. Los animales no reaccionamos igual ante una amenaza lejana que ante una inminente, y la respuesta también cambia según el contexto: si estamos solos o acompañados, o si ya vivimos algo similar.

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