Día de Muertos: entre honrar a los difuntos y convertirse en espectáculo turísticos

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En muchas comunidades de México, recibir a los difuntos implica preparar ofrendas, colocar flores, encender veladoras y reunirse con familiares para recordar a quienes ya no están. Sin embargo, cuando estas celebraciones atraen a miles de visitantes, los altares y los panteones también se convierten en escenarios para fotografías, recorridos y espectáculos.

Lo que para una familia representa un momento de intimidad y comunión con sus muertos puede convertirse, para los turistas, en una experiencia que buscan observar y registrar con sus cámaras.

Cuando las comunidades celebran, buscan fortalecer los vínculos familiares y colectivos, mantener sus creencias, preservar la memoria y cumplir con obligaciones rituales relacionadas con sus antepasados. En cambio, cuando una festividad se presenta a los visitantes, adquiere otra finalidad: mostrar una expresión cultural, atraer público y, eventualmente, generar ingresos.

Ambas dinámicas pueden coexistir, pero no siempre se complementan. Cuando el turismo adquiere mayor peso, los rituales pueden comenzar a organizarse según los horarios de los recorridos y las expectativas de los visitantes. También se privilegian los elementos más vistosos o fotografiables, mientras otras prácticas que forman parte de la vida cotidiana de las comunidades quedan fuera de la representación turística.

El aumento de visitantes puede generar oportunidades económicas para las familias y los comerciantes locales, pero también conflictos por el uso de plazas, viviendas, panteones y espacios ceremoniales. Además, no siempre son las comunidades quienes reciben la mayor parte de los beneficios.

En Janitzio, Michoacán, la afluencia turística durante el Día de Muertos ha generado tensiones. Una investigación sobre la isla documentó que algunos visitantes posaban frente a familias en oración e incluso pisaban tumbas, conductas que interfieren con el momento de recogimiento dedicado a sus difuntos.

El crecimiento del turismo puede provocar que los ingresos se concentren en agencias de viajes, intermediarios y empresas ubicadas fuera de las localidades, mientras los habitantes asumen tareas de organización, limpieza, preparación de alimentos y atención a los visitantes.

Por ello, la llegada masiva de turistas no necesariamente significa que toda la comunidad se beneficie. También obliga a sus integrantes a establecer límites para proteger los espacios y las prácticas que consideran propios.

Otro proceso es la llamada festivalización: la reorganización de las prácticas culturales en forma de desfiles, concursos, espectáculos y acontecimientos programados para atraer público. En la Ciudad de México, por ejemplo, el desfile de Día de Muertos surgió en 2016, después de que la secuencia inicial de la película Spectre, de la saga de James Bond, mostrara una procesión monumental de calaveras por las calles de la capital.

Así, una representación cinematográfica contribuyó a impulsar una nueva celebración pública que posteriormente se incorporó al calendario turístico de la ciudad.

Estas transformaciones también plantean preguntas sobre quién decide qué elementos representan a una cultura. Los altares, las flores de cempasúchil y las calaveras pueden convertirse en símbolos reconocibles para los visitantes, mientras otros aspectos de la vida comunitaria permanecen ocultos.

Este proceso, descrito como valorización selectiva de la cultura, consiste en elegir y presentar determinadas expresiones como representativas de una colectividad. La tradición se vuelve algo que puede observarse e interpretarse desde fuera, aunque para sus integrantes tenga significados que no siempre necesitan explicar.

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