La menopausia ¿el fin del mundo?

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Existen varios mitos en torno a la menopausia. Por ejemplo, que marca el fin de la feminidad, que la mujer «sale del mercado» como si su relevancia social dependiera exclusivamente de su atractivo o fertilidad o que representa la última etapa de su vida. Sin embargo, esta transición es una de las fases más plenas y liberadoras.

En entrevista para UNAM Global, Hortensia Moreno, directora de la revista Debate Feminista, explica que la menopausia es la última menstruación de una mujer y suele ocurrir alrededor de los 50 años, aunque puede adelantarse o retrasarse. Es el cierre de la edad reproductiva —es decir, de la capacidad para engendrar, parir, amamantar y criar—, pero no el fin de la vida activa ni significativa.

“Es un punto importante en la vida de las mujeres; es cuando realmente comienzan a vivir”, subrayó la también científica social del Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la UNAM. Esta afirmación alude al momento en que muchas descubren una nueva libertad personal, desligada de los mandatos reproductivos o de crianza.

Muchos de los mitos asociados a la menopausia están relacionados con las condiciones de vida del pasado. Actualmente, la esperanza de vida de las mujeres ha aumentado considerablemente: en México, es de 77.8 años en promedio.

En realidad, nunca hubo tanto éxito biológico en la especie humana como ahora. Aunque hubo momentos en que la humanidad estuvo en peligro de extinción por su baja población, antes del siglo XX la esperanza de vida podía ser menor a los 25 años.

Es decir, para cuando alguien llegaba a los 30 o 35, la mitad de su generación ya había fallecido. Solo unos pocos alcanzaban los 70 u 80 años.

La población femenina, en particular, era mucho más vulnerable: muchas mujeres morían durante el parto o a causa de infecciones relacionadas con la reproducción. Por eso, cuando llegaban a la menopausia, se consideraba que estaban en la última etapa de su vida y que su único objetivo era sobrevivir algunos años más. “Entonces, no se había pensado que las mujeres debieran tener una realización personal”.

Históricamente, la mujer ha sido vista como un medio para la reproducción, como si su valor dependiera únicamente de su capacidad biológica. Esta visión ha permeado la cultura y daña profundamente la existencia de niñas y mujeres, porque olvida una verdad fundamental: son personas.

A los varones no se les pregunta “¿para qué sirves?”, y esa pregunta tampoco debería dirigirse a las mujeres. Una persona, por definición, no es un medio para otros fines, sino un fin en sí misma. Reducir a las mujeres a funciones reproductivas es negar su esencia y su derecho a una vida plena.

Este prejuicio dio origen al mito de que, tras la menopausia, las mujeres eran “desechables”, y que comenzaba una vejez sin valor, marcada por la marginación.

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