Ciberacecho: la violencia digital que persigue a las mujeres

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Aunque no deja marcas visibles en el cuerpo, el ciberacecho puede provocar miedo, angustia, terror y una sensación constante de vigilancia. Se trata de una forma de violencia digital que afecta de manera desproporcionada a las mujeres y que, con frecuencia, se articula con otras violencias —emocionales, físicas, sexuales y económicas— reforzándolas. Así lo explicó para UNAM Global Roberto Castro Pérez, investigador del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias (CRIM) de la UNAM.

Desde una perspectiva de género, el ciberacecho no es un fenómeno aislado ni accidental, sino una expresión del control y la dominación que históricamente se ha ejercido sobre las mujeres, ahora amplificada por las tecnologías digitales.

¿Qué es el ciberacecho y en qué se diferencia del ciberacoso?

El ciberacecho es una forma específica de violencia digital que se distingue del ciberacoso por su carácter reiterado y sistemático. Mientras que el acoso puede manifestarse en episodios aislados, el acecho implica una presencia constante, seguimiento y vigilancia persistente en la vida de la víctima.

“El acecho consiste en estar todo el tiempo presente: vigilar, seguir, aparecer de improviso, enviar mensajes o regalos, o hacer sentir a la otra persona que está permanentemente observada”, explicó Castro. En su modalidad digital, estas conductas se ejercen a través de teléfonos móviles, redes sociales, aplicaciones de mensajería y otros dispositivos tecnológicos.

Del acecho físico al digital

El acecho comenzó a documentarse públicamente en la década de 1970, cuando mujeres —incluidas figuras públicas— denunciaron ser perseguidas de manera obsesiva por hombres que irrumpían de forma constante en sus espacios cotidianos. Aunque no siempre existía agresión física, la persistencia de la vigilancia generaba miedo y afectaciones profundas a la vida diaria.

“El ciberacecho reproduce ese mismo patrón, pero mediado por la tecnología”, señaló el investigador. Llamadas constantes, exigencia de compartir la ubicación en tiempo real, solicitudes de fotografías para comprobar dónde se encuentra una mujer, acceso forzado a contraseñas, revisión de mensajes privados o incluso la suplantación de identidad en redes sociales son algunas de sus expresiones más comunes.

Una de las modalidades más frecuentes y normalizadas es el ciberacecho de pareja o expareja. En estos casos, la vigilancia se ejerce desde una relación íntima, lo que dificulta su identificación como violencia.

La pareja controla con quién habla la mujer, revisa sus redes sociales, responde mensajes en su nombre o bloquea contactos sin su consentimiento. “Aunque no haya contacto físico, se trata de una forma profunda de control, invasión de la privacidad y violencia emocional”, advirtió Castro.

Desde el feminismo, estas prácticas se entienden como parte de un continuo de violencia que busca restringir la autonomía de las mujeres.

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