Cuando queremos demostrar amor, cariño o afecto hacia otra persona, pocas imágenes resultan tan reconocibles como un corazón. Lo dibujamos en cartas, lo incluimos en mensajes, lo compartimos mediante emojis y lo utilizamos para expresar aquello que, en ocasiones, resulta difícil poner en palabras. Pero ¿por qué elegimos este órgano para representar el amor y no el cerebro, el estómago o cualquier otra parte del cuerpo?
Para el doctor Rodolfo Mata Sandoval, investigador del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la respuesta se encuentra en un largo proceso cultural e histórico en el que convergen la biología, las emociones, las creencias religiosas y las expresiones artísticas.
Una de las claves para entender por qué asociamos el corazón con el amor está en la relación entre las emociones y las sensaciones físicas. Mata Sandoval retoma las investigaciones del neurocientífico portugués Antonio Damasio, quien ha estudiado cómo se relacionan los sentimientos con las respuestas del cuerpo.
Cuando una persona se enamora, por ejemplo, puede sentir que el corazón se acelera, que las manos le sudan o que aparece una sensación de nerviosismo ante la presencia de alguien especial. Pero el amor no se reduce a estas reacciones: también involucra el apego, el deseo, la alegría y la vulnerabilidad emocional.
Estas sensaciones ayudan a comprender por qué el corazón ocupa un lugar tan importante en nuestra manera de expresar el amor. Pero ¿cómo pasó de ser un órgano vital a convertirse en uno de los símbolos más reconocidos de este sentimiento? Para comprenderlo, también hay que mirar a la historia y a las representaciones culturales que, con el tiempo, consolidaron esa asociación.
Además de sus reacciones ante las emociones, el corazón ocupa un lugar particular por su función biológica. Su actividad es indispensable para mantener la circulación sanguínea y, con ella, el funcionamiento del organismo.
“El corazón es un órgano vital: bombea sangre y permite que el oxígeno y otras sustancias circulen por el organismo. Su función ha favorecido su identificación con la vida, la continuidad de la existencia y la conexión entre las distintas partes del cuerpo”, apuntó el investigador.
Esta importancia permite comprender una parte de su carga simbólica, pero deja abierta otra pregunta: ¿cómo llegó a representarse mediante una figura que se parece tan poco al órgano real?
El origen de esa silueta tampoco está resuelto de manera definitiva. Hay distintas pistas históricas que ayudan a explorar su desarrollo. Una de ellas se encuentra en las monedas de la antigua ciudad griega de Cirene, en el actual territorio de Libia, donde aparece una figura semejante al corazón moderno que se ha relacionado con la semilla del silfio (fruto del silfio).