¡Todos los carbohidratos son malos y deberíamos evitarlos! Es la frase que seguramente hemos escuchado en más de una ocasión. Hallazgos científicos recientes cuestionan esta advertencia.
Todos los alimentos de origen vegetal como frutas, vegetales, leguminosas, granos y semillas son una fuente importante de carbohidratos. Eso no suena como algo que deberíamos evitar. A pesar de ser un carbohidrato, los profesionales de la salud nos dicen que la fibra es buenísima para nosotros. No es raro encontrarnos etiquetas con el eslogan “rico en fibra” en distintos productos del supermercado.
¡Apuesto a que no imaginabas que la fibra también es un carbohidrato! A pesar de esta característica, nuestras enzimas digestivas no pueden romperla, por lo que recibe el nombre de carbohidrato no digerible.
La digestibilidad de un carbohidrato depende de varios factores, como su composición química, su estructura y el tipo de enlaces entre los monosacáridos (las unidades básicas que forman a los carbohidratos).
En general, los carbohidratos no digeribles presentan enlaces específicos que nuestras enzimas digestivas no pueden romper. Las enzimas solo pueden actuar sobre sitios específicos, por lo tanto, al no contar con sitios a los cuales unirse no podrán realizar sus funciones.
Un buen ejemplo es la celulosa, uno de los principales componentes de la fibra dietética. Aunque está formada por unidades de glucosa, estas están unidas por enlaces tipo “beta”, que nuestro sistema digestivo no puede degradar. De forma similar, no contamos con las enzimas necesarias para descomponer ciertos oligosacáridos como la rafinosa y la estaquiosa, presentes en muchos cereales, vegetales y leguminosas, por lo que estos tampoco se digieren durante el proceso digestivo.
Recordemos que las enzimas son unas maquinitas biológicas que ayudan a nuestro metabolismo al realizar tareas muy específicas, como hidrolizar (romper) las proteínas en aminoácidos (la unidad mínima con la que se forman las proteínas) para que nuestros cuerpos puedan aprovecharlas. Además, reparan tejidos dañados, y descomponen a los carbohidratos en azúcares simples, que luego nuestro cuerpo utiliza como combustible.