En 2010, la UNESCO inscribió la cocina tradicional mexicana en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Este reconocimiento permitió visibilizar la diversidad de prácticas alimentarias del país y destacar el papel histórico de los pueblos originarios y las comunidades campesinas en su conservación.
La declaratoria fue resultado, en buena medida, del trabajo de asociaciones civiles y otros actores interesados en proteger e impulsar la cocina tradicional mexicana, no solamente como una expresión cultural, sino también como parte de una alimentación saludable y sostenible. El reconocimiento buscaba legitimar y proteger la diversidad de cultivos, conocimientos y prácticas alimentarias acumuladas históricamente por las comunidades
Sin embargo, la patrimonialización también generó nuevas dinámicas. La cocina tradicional comenzó a adquirir un mayor valor turístico y económico, lo que favoreció la participación de empresarios, restaurantes y operadores turísticos interesados en convertir este patrimonio en una oportunidad de mercado. En este contexto, algunos alimentos y prácticas que formaban parte de la vida cotidiana de las comunidades comenzaron a adquirir nuevos significados y valores dentro de la gastronomía comercial.
México destaca por la gran diversidad de insectos comestibles registrados en su territorio, con más de 600 especies identificadas. Esta riqueza convierte al país en uno de los principales referentes mundiales de la entomofagia.
Sin embargo, el consumo de insectos no debe entenderse únicamente como una práctica gastronómica. Durante generaciones ha formado parte de la vida cotidiana, familiar y comunitaria de diferentes pueblos. La recolección podía realizarse colectivamente y constituía también un espacio para transmitir conocimientos, fortalecer relaciones sociales y reproducir prácticas culturales.
En comunidades de estados como Oaxaca y Puebla, por ejemplo, los niños podían participar en las actividades relacionadas con la recolección y preparación de chapulines y otros insectos. De esta manera, el conocimiento sobre su captura, preparación y consumo se transmitía entre generaciones, al mismo tiempo que se fortalecían los vínculos familiares y comunitarios.